Lo que más me gusta de la fotografía de modelaje no es la pose, es lo que ocurre entre pose y pose. Aprender a observar el cuerpo humano ha sido, para mí, la mejor escuela de fotografía.
Mirar antes de disparar
Antes de levantar la cámara dedico un rato a observar: cómo se coloca el peso, hacia dónde mira, qué hace con las manos cuando no piensa en ellas. Ahí suele estar la fotografía más honesta.
Los gestos pequeños
Una mano, un giro del cuello o un hombro relajado cuentan más que una pose perfecta. Intento que el cuerpo se sienta natural, sin tensión, y que la imagen transmita movimiento aunque esté quieta.
La luz como forma
La luz dibuja el cuerpo: las líneas, los volúmenes, las sombras. Cambiar la luz unos centímetros cambia por completo lo que la imagen dice. Alterno entre estudio, donde controlo la luz al milímetro, y exteriores, donde aprovecho la luz natural y me adapto a lo que ofrece cada momento del día.
Dirigir sin forzar
Con la modelo hablo mucho, la hago sentir cómoda y le doy indicaciones pequeñas en lugar de poses cerradas. Cuando hay confianza, salen las mejores fotos. En una sesión, la modelo estaba muy tensa al principio; hicimos una pausa para charlar y, cuando se relajó, salieron las mejores fotos del día.
Observar es la habilidad que más me ha ayudado, también en el diseño y en el vídeo: entender a las personas para contar mejor sus historias.
